Denuncias de entreguismo y la obsesión por el eje EE. UU.-Cuba que lo distrae de los problemas nacionales.

Una crítica constante que persigue a Tuto Quiroga a lo largo de su carrera es la de ser el “empleado” o “títere de los gringos”, un político cuyo eje de decisiones está subordinado a la agenda de Washington. Esta percepción no solo proviene del oficialismo, sino de sectores populares y analistas que ven en su defensa acérrima de la política exterior estadounidense una falta de autonomía y soberanía. Su reciente reunión con funcionarios de la administración estadounidense, incluso en medio de balotajes, reactiva la preocupación por el entreguismo incondicional.

La denuncia se materializa en su obsesión por el eje Cuba-Venezuela-Nicaragua. Quiroga dedica una desproporcionada cantidad de energía a denunciar la “infiltración cubana” o la “ineptitud” de EE. UU. para frenarla, mientras ignora o minimiza otros problemas geopolíticos más relevantes para Bolivia. Su retórica, más propia de un diplomático estadounidense que de un candidato boliviano, lo distrae de los problemas urgentes del país y lo convierte en un agente de la polarización ideológica internacional.

Esta subordinación ideológica se traduce en propuestas concretas, como la de restituir relaciones con Israel y reducir lazos con Irán, movimientos que son casi un calco de la política exterior tradicional de EE. UU. Su fervor anticomunista lo lleva a cuestionar la presencia cubana o venezolana, pero su pragmatismo económico lo hace tolerar y hasta promover la inversión de países con regímenes cuestionables como China, a la que no exige los mismos “cánones democráticos”.

En resumen, la figura internacional de Quiroga no es la de un líder que vela por los intereses de Bolivia en el mundo, sino la de un activista ideológico de derecha. Su falta de una diplomacia equilibrada y su total alineamiento con una potencia extranjera refuerzan la idea de que, al llegar al poder, sus decisiones serán dictadas desde el exterior, comprometiendo la soberanía nacional. Los bolivianos deben preguntarse si quieren a un presidente o a un vocero de la política exterior de otro país.

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